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Lima, Peru
Filósofo e historiador. Nace en España en 1937 y llega al Perú como jesuita en 1957. Formación: humanidades clásicas y literatura, filosofía e historia. Especialización sucesiva: narrativa latinoamericana, filosofía moderna, filosofía de la existencia, historia de la emancipación peruana, pensamiento lukacsiano, historia de la ingeniería peruana y filosofía de la interculturalidad Profesor de la UNI (y rector 1984-89) y otras instituciones académicas en Perú, Budapest, Brasil y Túnez. Autor de 26 libros, 70 colaboraciones en obras colectivas y 150 artículos en revistas. Actualmente dirige el Centro de Historia UNI y es profesor de postgrado en la Universidad Nacional de Ingeniería. Participa activamente en el debate intelectual peruano desde la sociología de la literatura, el marxismo lukacsiano, las perspectivas postmodernas y la filosofía de la interculturalidad. En su libro "Adiós a Mariátegui. Pensar el Perú en perspectiva postmoderna" propone, como horizonte utópico de la actualidad, la convivencia digna, enriquecedora y gozosa de las diversidades que enriquecen a la sociedad peruana. Contacto: jilopezsoria@gmail.com

8 ago. 2017

El peruanismo de Ádám Anderle

José Ignacio López Soria

               Publicado en: Boletín. Casa Museo José Carlos Mariátegui. Lima, (95), p. 14-16, mayo-julio 2917.

Los estudios sobre América Latina en Hungría tienen ya una larga historia. Se cultivaron con esmero en la década de 1960 en la Universidad de Ciencias Económicas “Karl Marx” de Budapest, en la Universidad de Ciencias “Loránd Eötvös” de Budapest, en el área de lengua y literatura, bajo el liderazgo del profesor Matyás Horányi, y en Universidad de Ciencias “József Attila” de Szeged en el área de historia, a iniciativa y bajo la conducción del profesor Tibor Wittman. El profesor Wittman murió pronto, pero tuvo el tiempo suficiente para fortalecer el área de historia de América Latina, escribir una síntesis de nuestra historia -que tuve el gusto de traducir al castellano-, fortalecer la serie Acta Historica con temas latinoamericanos, y, sobre todo, formar a algunos discípulos notables, entre los cuales sobresale Ádám Anderle. El profesor Anderle, quien se nos ha ido hace unos meses, siguió los pasos de su maestro, continuó con la formación de especialistas en historia de América, amplió los temas de trabajo y de investigación, promovió los estudios de lingüística castellana en Szeged, fortaleció los estudios sobre nuestra América en Europa formando redes de centros académicos, y, lo que es fundamental para nosotros, era un hombre enamorado del Perú y especialmente de la obra de José Carlos Mariátegui.

La producción académica de Anderle es muy amplia. Algunos títulos de sus primeros trabajos: El problema agrario peruano en los años de 1920; Los rasgos fundamentales de la ideología del Apra en el tiempo de la creación del partido (1928-1932); Comunistas y apristas en los años treinta en el Perú (1930-1935); Movimientos políticos en el Perú entre las dos guerras mundiales; Conciencia nacional y continentalismo en América Latina en la primera mitad del siglo XX; Los comienzos del movimiento obrero cubano; El kuraka en la sociedad colonial; J.C. Mariátegui y el movimiento obrero peruano en los años 1920. Este último trabajo fue una ponencia en la conferencia que el profesor Anderle organizó en Szeged en homenaje a Mariátegui, en octubre de 1975, y en la que participaron otros destacados peruanistas como György Kerekes, “José Carlos Mariátegui, sobresaliente pensador de América Latina”; András Gulyás, “El problema indígena en la literatura de los años 1920 y la concepción marxista de Mariátegui”; y Zoltán Kollár, “El capital extranjero y el subdesarrollo en América Latina”.

Recuerdo, además, con afecto y agradecimiento el apoyo que, como director de tesis, dio Ádám Anderle a mi esposa, Malena Salas, para la elaboración y presentación en la Universidad de Szeged de su trabajo, sobre las relaciones comerciales entre Hungría y América Latina de fines del siglo XIX y comienzos del XX, para la obtención del doctorado en historia.

Como muestras de la dedicación del profesor Anderle al estudio de la historia del Perú me referiré brevemente a dos de sus trabajos. En “Comunistas y apristas en los años treinta en el Perú (1930-1935)”, publicado en 1978, Ádám Anderle presenta, en primer lugar, la influencia de la crisis mundial en la economía peruana y sus consecuencias en las condiciones de vida y de trabajo de la clase obrera. El desempleo en la minería de la región central y en Lima y Callao agudizó el movimiento social. Estas zonas se convirtieron en el principal escenario de actuación de los trabajadores organizados. La CGTP, formada poco ante, desempeñó entonces un papel fundamental en la promoción, organización y articulación del movimiento social. Se refiere después, Anderle, a la huelga en Morocha en 1929 y sus exitosos resultados no solo por los beneficios obtenidos sino por el impulso que ella dio a la organización de los trabajadores en la sierra central y sus relaciones con los grupos de Lima impulsados por Mariátegui. Mientras tanto, el gobierno de Leguía se tambaleaba, las masas y los sectores medios ocupaban las calles y la tradicional clase dominante no lograba organizarse ni elaborar una propuesta de salida de la crisis. En estas circunstancias, un sector del Ejército, con Sánchez Cerro a la cabeza, da un golpe de Estado que instaura transitoriamente un gobierno militar. De este proceso destaca Anderle varios aspectos que me parecen importantes: los esfuerzos de socialistas y apristas por la organización sindical de los trabajadores (CGTP y CTP), las articulaciones entre el movimiento proletario y el campesino, las coincidencias con el movimiento estudiantil, la importancia atribuida a la formación de las clases trabajadores (Universidades Populares y Escuelas Obreras y Campesinas), las desacertadas directivas emanadas del Bureau Sudamericano de la Komintern, los éxitos organizativos de los apristas en el extranjero, etc. Es de notar, además, que el profesor Anderle, en este estudio, es de los primeros en llamar la atención de la presencia en el Perú del fascismo como ideología y como organización política.

El segundo trabajo, publicado en húngaro en 1976 y titulado “J. C. Mariátegui és a perui munkásmozgalom az 1920-as években” (J.C.Mariátegui y el movimiento obrero peruano en los años 1920”, el profesor Anderle analiza los problemas políticos de la época y estudia particularmente el trabajo de Mariátegui en la formación de la conciencia de clase de los trabajadores entre 1923 y 1926. Antes, sin embargo, presenta brevemente el movimiento de obreros y artesanos y su orientación anarquista y libertaria de las dos primeras décadas del siglo XX, así como el movimiento de reforma universitaria entre 1919 y 1923. Resalta luego la importancia del ciclo de conferencias que sobre la historia de la crisis mundial y su enlace con el surgimiento del fascismo ofreciera Mariátegui de julio de 1923 a enero de 1924. Por otra parte, se ocupa de las publicaciones Claridad, La Protesta y El Obrero Textil. Entre las fuentes en las que se basa el estudio de Anderle cabe mencionar los trabajos historiográficos de conocidos autores como J. Basadre, P. Klaren, V. Kapsoli, R. Martínez de la Torre y otros, además de revistas, periódicos, folletos y volantes de la época y, por cierto, los escritos de Mariátegui.

Desgraciadamente Ádám se nos fue antes de lo imaginable, pero, como su maestro Tibor Wittman, nos dejó su obra como herencia y tuvo la sabiduría de ir formando a lo largo de su trabajo docente y de investigación a un puñado de jóvenes a quienes no les falta entusiasmo ni capacidad para continuar y ampliar la labor de sus maestros. 

7 ago. 2017

Para pensar los retos de la universidad

José Ignacio López Soria
            Publicado en: Reflexión. Ciencias, humanidades, artes. Lima, 5(2), p. 48-51, jun. 2017.
En un escrito reciente (López Soria 2016) he sostenido que los estudios de diagnóstico y propuesta sobre la educación superior y, especialmente, sobre las universidades de las últimas décadas en Latinoamérica –y el Perú no es la excepción- se han hecho, por lo general, desde una perspectiva preferentemente funcionalista. Lo que interesa es conocer con la mayor precisión posible si la educación superior es o no funcional al sistema imperante y, así, poder determinar en qué debe cambiar para que lo sea de manera eficiente y eficaz. Sabemos que el sistema dominante es aquel cuya racionalidad depende en lo esencial del mercado ya globalizado o en proceso de globalización, una racionalidad que asigna al Estado las funciones de facilitar las inversiones, cuidar la seguridad y curar las patologías (sociales, ecológicas …) que generan esas inversiones. Se trata, como ha señalado Zygmunt Bauman (2008) en más de un escrito, de un sistema de poderes globales y de gestiones políticas locales. Para que hagamos bien la tarea, se nos ofrecen como modelos a seguir aquellos países que, por su funcionalidad con respecto al sistema, han conseguido progresar dentro de él según mediciones acordes con las variables del patrón vigente del poder. Como sabemos, la educación superior y, particularmente, las universidades no escapan a esta dinámica. También ellas son medidas con la vara de la funcionalidad en rankings internacionales en los que las instituciones se esfuerzan por mejorar su performance.

Ante este panorama general, que nos ha puesto a todos en el camino de la competencia, de la lucha con el otro para escalar antes que él, conviene tener muy presente que la universidad tiene dos dimensiones con respecto a la vida social: la dimensión instituida y la dimensión instituyente de lo social.

Por su dimensión instituida, a la universidad se le atribuyen funciones –formar profesionales con competencias específicas, desarrollar investigaciones, transferir conocimientos, etc.- que responden a las necesidades y expectativas de los individuos y de la sociedad en el marco de lo establecido. Si cumple adecuadamente estas funciones, la universidad contribuye al mejoramiento del sistema, lo cual no es poco ni fácil y, además, es deseable. Para que ello ocurra se crean órganos de vigilancia y control de carácter estatal o paraestatal que se encargan de que las instituciones universitarias desempeñen sus funciones con la calidad y pertinencia que les corresponden y no se conviertan en fábricas de producción de profesionales sin calidad ni en empresas orientadas principalmente a la producción de beneficios económicos a sus promotores. En nuestro caso, de todo esto debe encargarse la Superintendencia Nacional de Educación Superior Universitaria (Sunedu), cuya composición y cuyas funciones son objeto de una controversia promovida principalmente por los promotores de universidades y agrupaciones políticas que se resisten al control de la calidad y que no toleran que sus beneficios económicos sean transparentes. El recurso a la “autonomía universitaria”, por parte de estos sectores, no es sino una argucia para que prosperen sus intereses. Sea pública o privada, por su dimensión instituida la universidad es un servicio público y, por tanto, la sociedad y los usuarios tienen el derecho de asegurarse de la calidad y pertinencia de los servicios que ofrece.

Por su dimensión instituyente, la universidad, como en general la educación superior, puede contribuir a la transformación de la sociedad, es decir, a la gestación de la sociedad en una dirección que no necesariamente coincide con la estructura vigente. Se acentúa esta dimensión en momentos de reformas profundas, cuando, por ejemplo, la universidad contribuye a debilitar los antiguos “marcadores de certezas” e “imaginarios sociales” y los sustituye por otros, cuando aporta –con las herramientas propias de la educación superior- a la transformación de las relaciones de producción, cuando empeña sus capacidades en que en una sociedad de exportación primaria se vaya generando un sector industrial interno, etc. En nuestro caso, por ejemplo, es indudable que el movimiento de reforma universitaria de 1918 en adelante, que abrió las aulas a las nuevas capas medias urbanas e hizo que la universidad se ocupase de problemas nacionales antes ausentes de ella, contribuyó muy significativamente al desmoronamiento de la República Aristocrática y del modelo de sociedad que ella mantenía. En la actualidad, por su dimensión instituyente de sociedad, la universidad debería tomarse en serio el principio diversidad para reconciliarse con la riqueza cultural, étnica, lingüística, biológica, territorial, etc. que nos caracteriza, sin descuidar, por cierto, los retos que nos vienen del pasado (equidad, justicia, redistribución, etc.) y los que nos plantea la condición contemporánea (sociedad del conocimiento, educación a lo largo de la vida, generalización de la educación superior, sostenibilidad planetaria, etc.).

Es importante considerar que estas dos dimensiones no tienen por qué ser contradictorias. Deberían ser complementarias, pero con una complementariedad agónica, lo que quiere decir que deben mirarse la una a la otra como adversaria con la que hay que convivir peleando y no como enemiga a la que hay que eliminar. Cuando se consigue que estas dos dimensiones convivan conflictivamente (con una conflictividad agónica y no antagónica), la dimensión instituida no lleva a una funcionalismo servil, ni la dimensión instituyente termina en un utopismo inmovilizador. La universidad como creadora y transmisora de conocimientos y como formadora de profesionales con las competencias necesarias para que funcione y mejore el sistema sigue siendo una necesidad ineludible, pero sigue también siendo un clamor igualmente ineludible que la universidad contribuya, con los medios que le son propios, a la construcción de una sociedad justa, equitativa y reconocedora de la diversidad poblacional, biológica y territorial que la constituye.

Termino con un par de anotaciones que, por cierto, exigirían un mayor desarrollo: el primero, sobre la educación a lo largo de la vida, y el segundo, sobre la modernidad líquida.

Los organismos internacionales vienen insistiendo, desde hace varios lustros, en lo que llaman la educación a lo largo de la vida. Convertida ya en un derecho, la educación debe entenderse como un proceso articulado que, en realidad, nunca termina. No se trata, por tanto, de compartimentos estancos que no se hablan entre sí, sino de etapas de cuya articulación depende en gran medida el fruto individual y social que se obtiene. De nuestra educación universitaria podemos decir que ha vivido de espaldas no solo a la educación básica sino a los otros niveles y modalidades de la educación superior, y, además, solo en los últimos años se viene ocupando del perfeccionamiento de los ya licenciados y graduados. La articulación con la educación en general y, particularmente, con las demás modalidades de educación superior y la atención a los ya egresados –vía postgrados, cursos de perfeccionamiento, formación de reconversión de competencias, etc.- son tareas que la universidad de hoy no debería descuidar.

Finalmente, si la universidad, al transformarse de medieval en moderna, desempeñó un papel fundamental en el diseño y construcción del proyecto de la modernidad, no es menor la responsabilidad que hoy le incumbe. En la actualidad, los “marcadores de certeza” de que nos proveyó la modernidad se nos están debilitando, los discursos metanarrativos legitimadores del proyecto moderno pierden su contundencia, los poderes fácticos se globalizan mientras la gestión política sigue estando territorializada, la normatividad supuestamente racional que caracterizó a la modernidad se está perdiendo en un mundo desregulado y con la menor presencia posible del Estado como ente regulador, la sociedad “panóptico” que pretendió construir la modernidad,haciendo que todos fuésemos visibles para el poder, se está convirtiendo en la actual sociedad “sinóptico” –en la que todos  vemos las mismas marionetas que el poder nos pone ante los ojos-, es decir, en palabras del recientemente fallecido antropólogo y filósofo Zygmunt Bauman (2003), estamos pasando de una modernidad sólida a una “modernidad líquida”, fluida, sin formas estables y sin entidades legitimadas para emitir normas. Cabe, por tanto, preguntarse si cuando pensamos la universidad y le atribuimos dimensiones lo hacemos desde la perspectiva de la modernidad sólida o de la modernidad líquida. Yo diría que esta problemática o está ausente o solo débilmente presente en el mundo universitario, a pesar de las enormes consecuencias que el fortalecimiento –si ocurre- de la tendencia hacia la “modernidad líquida” traerá para las universidades en términos de competencias para el empleo, disminución inconmensurable de puestos de trabajo, movilidad territorial, transdisciplinariedad (y no solo multidisciplinariedad), globalización de los procesos formativos y de investigación, virtualización de la enseñanza, etc.  Bien harían las universidades en pensar este proceso y en identificar los retos que él plantea al quehacer universitario.

Bibliografía
Bauman, Zygmunt (2003). Modernidad líquida. México: FCE.
Bauman, Zygmunt (2008). Globalización, consecuencias humanas. Buenos Aires: FCE.

López Soria, José Ignacio (2016). En: Martín Bris, Mario (coord.). Internacionalización de la educación superior en Iberoamérica: miradas y perspectivas (p. 19-20). Alcalá de Henares: Universidad de Alcalá.

1 may. 2017

Aproximarse al pasado. Notas sobre Orgullosamente solos

José Ignacio López Soria

Publicado en: Libros & Artes. Revista de cultura de la Biblioteca Nacional del Perú. Lima, 15 (84-85, marzo 2017, p. 1011.  

Hace algunos años, no muchos, Rolando Ames, por entonces responsable de los estudios de ciencias políticas de la Universidad Católica, me invitó a dar una charla a sus alumnos sobre el fascismo en el Perú. Al terminar se me acercó un joven y, asombrado, me dijo: “acabo de descubrir que mi abuelo era fascista”. Ese joven no era José Carlos Irigoyen ni, que yo sepa, se animó nunca a escribir sobre el acercamiento de su abuelo al fascismo. Es cierto, sin embargo, que Carlos Miró Quesada Laos, el abuelo de Irigoyen, no era un fascista más. En mi libro sobre el fascismo, El pensamiento fascista (1930-1945) (Lima: Mosca Azul, 1981),  afirmo –y la idea la recoge Irigoyen- que de todos los propagandistas y apologetas del fascismo el más constante y fervoroso fue, sin duda, Carlos Miró Quesada.  

Para hablar de Orgullosamente solos (Lima: Literatura Randon House, 2016), de José Carlos Irigoyen, comienzo por la contratapa. En ella se dice que la obra es una “novela de no ficción” que tiene como eje narrativo la biografía de Carlos Miró Quesada Laos y como preocupación permanente la búsqueda de un pasado con el que el autor –nieto del biografiado- no quiere identificarse, pero tampoco desconocerlo. Me pregunto si Irigoyen consigue resolver con calidad narrativa, destreza compositiva, validez histórica o belleza expresiva las tensiones fundamentales que habitan el texto: la que hay entre literatura e historia y la que se manifiesta como identificación o desprendimiento con respecto a su propio pasado.

José Carlos Irigoyen Miró Quesada cuenta, a los 40 años, con una obra relativamente amplia: varios libros de poesía, documentales y novelas, además de columnas periodísticas. En esta nota me limitaré a comentar Orgullosamente solos, sin aludir, por tanto, a la producción anterior.  

El libro al que nos referimos ha sido publicado hace pocos meses. El título, como el propio autor hace conocer, remite a la expresión “orgullosamente solos” que el dictador portugués Oliveira Salazar –vecino preferido y contemporáneo de Franco, el dictador español- convirtió en lema político. La frase manifiesta el terco empeño de Salazar por continuar con el colonialismo en una época –los lustros posteriores a la 2ª Guerra Mundial- en la que las otras potencias colonialistas comenzaban a ceder, debido, por un lado, al coraje liberador de los antiguos colonizados y, por otro,  a las inocultables intenciones de repartirse el mundo, aunque fuese a dentelladas,  por parte de las dos potencias de la Guerra Fría, Rusia y Estados Unidos. Viví la España de Franco envuelto por expresiones que, como la de Salazar, sacralizaban el aislacionismo y que, sin decirlo, trataban de recortar la amplitud de la mirada, de obnubilar las conciencias, de legitimar la más cruda represión contra toda forma de rebeldía y, en fin, de embellecer el atraso no solo económico sino político y cultural. 

El título –tan significativo para quienes hemos vivido los fascismos desde dentro y nos tomamos, ética y políticamente, en serio la actual apertura a la otredad- se condice con la  portada (el abuelo vestido con el uniforme diplomático), una imagen difícilmente legible para quien no conoce los usos y costumbres de la vieja diplomacia. Por otra parte, el elegir como puerta de entrada la figura mayestática del diplomático uniformado parece sugerir que esa faceta del biografiado es la que más le interesa al autor, aunque luego él mismo revela actitudes y comportamientos del abuelo que están muy lejos de la mesura atribuida a la diplomacia. Sobre la portada quiero anotar, además, que la preferencia por el rojo y el negro no deja de ser significativa en un libro que toca en repetidas ocasiones la oposición entre comunistas (rojo) y fascistas (negro). Sobre el fondo rojo asoma, enmarcado por el negro de la vestimenta diplomática, un rostro adusto, de mirada firme y severa,  que sugiere un carácter de extremos en el que no es extraño que convivan formalismos rígidos con sordideces inenarrables.

Después de esta entrada a Orgullosamente solos vayamos a la forma y al contenido del libro, tratando de responder a la pregunta compleja planteada arriba.

Del contenido dije ya que la obra narra la biografía de Carlos Miró Quesada Laos, un miembro de la familia dueña de El Comercio, quien, en su labor periodística, asume como seudónimo “Garrotín”. Además de periodista, en El Comercio y otros medios, Miró Quesada Laos consigue colocarse como diplomático en varias delegaciones de América y Europa, escribe más de una decena de libros, ensaya, sin éxito, en varias oportunidades ingresar a la plana mayor de la política nacional y sobresale principalmente por sus cercanas relaciones con el fascismo, el nazismo y otros totalitarismos europeos,  de los que, como señalo arriba, se convierte –especialmente en el caso del fascismo italiano- en el principal propagandista en el Perú.

No creo que el autor haya pretendido escribir una biografía de su abuelo atenida a las exigencias y características del trabajo historiográfico. Aunque recoge y teje datos para reconstruir la vida de su personaje,  sus fuentes de información o están teñidas de parcialidad por razones familiares o son calificadas de “incriminatorias” simplemente porque muestran que Carlos Miró Quesada fue efectivamente un fascista convicto y confeso. Además, el libro carece del aparato crítico que acompaña a todo trabajo con pretensión de validez científica. Por otra parte, en una biografía bien elaborada la presencia del contexto histórico -y no solo familiar- es fundamental porque solo en él es posible trazar e interpretar las características, actitudes y posiciones éticas y políticas del personaje. El contexto es, en terminología gadameriana, el horizonte de significación en el que el texto se nos vuelve legible. Pero, aquí, en Orgullosamente solos, el contexto –sea el peruano o el europeo- está como absorbido por el texto. Hay, es cierto, alusiones a fenómenos y acontecimientos históricos, pero muy pobremente presentados y, en cualquier caso, leídos con parcialidad en beneficio del biografiado. El libro abunda en información no verificada pero, en gran medida, verificable, lo que, sin embargo, no lo convierte en un texto de historia porque no da la talla en la información sobre fuentes y por la pobreza y parcialidad en la presentación e interpretación del contexto. Se echa de menos la referencia a textos básicos como el de Willy Pinto Gamboa, Sobre fascismo y literatura (Lima: Eunafev, 1978) y, especialmente, el de Tirso Molinari Morales, El fascismo en el Perú. La Unión revolucionaria 1931-1936 (Lima: UNMSM, 2006). Se le cuelan, además, algunos errores históricos o tipográficos como afirmar que Leguía gobernaba en 1918 o referirse en 1945 al candidato Jorge Luis Bustamante y Rivero. 

A raíz, sin embargo, del libro de Irigoyen y conociendo, aunque sea solo parcialmente, la producción y la obra de Carlos Miró Quesada Laos, pienso que una buena biografía de este personaje -o del abuelo del joven al que aludí al comienzo- podría contribuir muy eficazmente a conocer mejor una época de nuestra historia (1930-1968) que no hemos estudiado suficientemente. El escrito de Irigoyen es, cuando menos, una invitación –y ello no es poco- a fijar la mirada en esa etapa del pasado de nuestro propio presente.  

¿Estamos entonces ante un libro de literatura, ante una “conmovedora novela de no ficción” como dice la contratapa?

Para mí, la literatura, especialmente la lírica y la narrativa, es ante todo una fiesta del lenguaje.  Después vendrán, si se trata de una novela, la calidad narrativa, la destreza compositiva, etc. Pero lo fundamental es que,  potenciado por la presencia de los otros componentes, el lenguaje sea él mismo convocador y partero de la belleza. Y la verdad es que en Orgullosamente solos encontramos un lenguaje pobre, descriptivo, sin diálogos, sin gracia y, a veces, hasta gramaticalmente incorrecto. La composición es esencialmente lineal, aunque a veces esa linealidad es interrumpida por rememoraciones recogidas en el ámbito familiar. De todo ello resultada una calidad de la narración que yo calificaría, en el mejor caso, de “cumplidora”. El autor consigue dar cuenta de momentos y aspectos importantes de la biografía del abuelo y, lateralmente y con las deficiencias indicadas, de facetas significativas de nuestra historia, pero no consigue conmover ni producir goce estético.

Queda la otra parte de la pregunta inicial: si el libro es, a lo Freud, una especie de “búsqueda del padre”, en este caso, del abuelo. Las honduras en este tema les corresponden a Max Hernández y sus colegas; yo me atrevo solamente a dejar sueltas algunas anotaciones.

La obra de Irigoyen se incorpora a una tradición escritural de búsqueda de ancestros que nos viene, al menos, de Garcilaso y que se manifestó ayer, en tono menor, en La distancia que nos separa de Renato Cisneros. Esa búsqueda no es nunca aséptica. No puede –y tal vez no deba- evitar ser axiológicamente vinculada, aunque ello no implica que tenga que ser vinculante. La tradición que el escritor trata de (re)construir le es emotivamente tan cercana que  no puede evitar (re)construirla sin asumirla como pasado de su propio presente y, por tanto, sin compartir afectivamente los amores y los odios del biografiado. De esta afinidad emotiva hay en Orgullosamente solos mil muestras: desde la “comprensible” fobia a Haya y su partido (comprometidos en el asesinato de los bisabuelos del autor) hasta el inaceptable menosprecio por el negro y la extraña simpatía por los totalitarismos. Pero esa tradición, a la que sin duda el autor está vinculado, no es vinculante para él, es decir, no es percibida como una norma ante la que no quepa un posicionamiento electivo. De hecho, es el autor el que elige esa tradición al decidir (re)construirla y no dejarla abandonada en el olvido. Ya esta actitud, este doloroso/orgulloso diálogo con la propia procedencia, es de suyo una forma de acercamiento que lleva implícito el alejamiento, una especie de cura precisamente por atreverse a explorar su propia contaminación.


Y en esto está, digo yo, lo más valioso de la obra, aquello que la hace digna de ser leída a pesar de sus deficiencias estilísticas y formales. Porque ese vérselas con el pasado, asumiéndolo como pasado del propio presente, y, por tanto, sabiéndose contaminado por él es precisamente lo que no queremos hacer para así, según creemos, distanciarnos y hasta liberarnos de la “pecaminosidad” que ese pasado conlleva. No lo hemos hecho con respecto al coloniaje, ni al dominio oligárquico, ni a los dictatorialismos, ni a los redentorismos abusivos, ni al violentismo de ayer, etc. No es raro que sigamos atravesados de colonialidad, de señorialismo trasnochado, de uso arbitrario del poder, de mesianismos obsoletos, de violencia a borbotones … En este contexto importa subrayar una cierta inclinación, entre gente que frisa los 40, por visitar el pasado de sus padres y abuelos –sean los de los autores mismos o los de sus colegas de generación- asumiéndolo como una tradición a la que hay que acercarse con devoción pero sin dejarse atrapar por ella. Lo veo con agrado pero sin admiración en La distancia que nos separa, de Cisneros, en Orgullosamente solos, de Irigoyen, y, magistralmente, en una novela en prensa de Raúl Tola, La noche sin ventanas, que he tenido el privilegio de leer y que está centrada en la tortuosa biografía del intelectual y diplomático Francisco García Calderón y de una francoperuana de la resistencia contra la invasión nazi en Francia. En este esfuerzo, entre literario e histórico, por traer el pasado relativamente reciente a la presencia advierto la voluntad de una generación -que llegó a la adultez bajo el bien cultivado desprestigio de las ideologías vinculantes- de apropiarse de una proveniencia compartida para dar una cierta solidez a las vinculaciones sociales en el “mundo líquido” (Z. Bauman) que nos toca vivir a todos.

14 mar. 2017

La condición contemporánea y sus retos para la arquitectura y el urbanismo

José Ignacio López Soria

Conferencia inaugural de la jornada internacional “Retos y tendencias arquitectónicas en el hábitat contemporáneo”, organizada por el decanato de la Facultad de Arquitectura, Urbanismo y Artes de la Universidad Nacional de Ingeniería, Lima, 15 diciembre 2016.

En escritos y conferencias anteriores he propuesto y desarrollado tres ideas que suelo utilizar como punto de partida en mis reflexiones sobre arquitectura: primera, que el hombre no tiene más esencia que su propia existencia; segunda, que existir no es otra cosa que habitar; y, tercera, que la arquitectura es la pastora del habitar. De ahí la importancia que la filosofía atribuye a la arquitectura, porque en el habitar, que la arquitectura organiza, cuida y pastorea, se juega el hombre su propia esencia.

Para este evento se me ha pedido que me refiera principalmente a la condición contemporánea y a los retos (globales, nacionales y urbanos) que ella plantea, para situar la reflexión que harán ustedes después sobre el hábitat contemporáneo (1). Se me sugiere, por tanto, que ofrezca, como diría el filósofo francés Michel Foucault (1984) (2) o el italiano Gianni Vattimo (2004, 19) (3), una especie de “ontología de la actualidad” que enriquezca la descripción sociológica de lo que ocurre con una conceptualización de la manera actual de darse del ser o, dicho de otra manera, que aborde lo que constituye la actualidad como el acontecer contemporáneo –la forma de manifestarse hoy- de un proceso que nos viene de antiguo y en el que advertimos ya rasgos crepusculares pero también asomos aurorales.

Ese proceso general al que aludimos es, como puede fácilmente imaginarse, el de la modernidad occidental, un proyecto que se fue diseñando y construyendo desde el siglo XVI, que en el siglo XVIII cuajó en discursos orientadores y performativos, que en el siglo XIX empeño casi todas sus fuerzas en la construcción de los Estados-nación y que ya en la segunda mitad de ese mismo siglo comenzó a mostrar síntomas de debilitamiento. Esto último se advierte, por ejemplo, en que los filósofos se atrevieron a sospechar de la veracidad de los procedimientos enunciativos considerados como científicos (4); los artistas –agrupándose en “vanguardias” frecuentemente altisonantes-  decidieron explorar dimensiones nuevas de la experiencia humana recurriendo a materiales y modos inusuales de hacer arte; los políticos comenzaron a dejar de lado de condición de representantes que los liga a “lo político”, es decir al hacerse de la sociedad, para dedicarse a la actuación, cual marioneta a veces, en ese escenario público al que llamamos “la política” (5); los emprendedores industriosos  –artífices de las revoluciones industriales y portadores de la “ética del bienestar” (6) - se fueron viendo desplazados por el capitalismo financiero que encumbra la ganancia a la condición de principio orientador del comportamiento (7); los tecnólogos –aprovechando los avances de los ciencias- empezaron a llenarnos el espacio de artefactos reemplazables, haciendo de la reemplazabilidad un signo de progreso y de distinción (8).

En este contexto, del que trazamos solo algunos rasgos, la arquitectura, aproximándose a la biología evolucionista, formula un principio, “form ever follows function, and this is the law” (Sullivan, 1896, p. 408), que se convertirá en piedra angular del proyectismo moderno.