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Lima, Peru
Filósofo e historiador. Nace en España en 1937 y llega al Perú como jesuita en 1957. Formación: humanidades clásicas y literatura, filosofía e historia. Especialización sucesiva: narrativa latinoamericana, filosofía moderna, filosofía de la existencia, historia de la emancipación peruana, pensamiento lukacsiano, historia de la ingeniería peruana y filosofía de la interculturalidad Profesor de la UNI (y rector 1984-89) y otras instituciones académicas en Perú, Budapest, Brasil y Túnez. Autor de 26 libros, 70 colaboraciones en obras colectivas y 150 artículos en revistas. Actualmente dirige el Centro de Historia UNI y es profesor de postgrado en la Universidad Nacional de Ingeniería. Participa activamente en el debate intelectual peruano desde la sociología de la literatura, el marxismo lukacsiano, las perspectivas postmodernas y la filosofía de la interculturalidad. En su libro "Adiós a Mariátegui. Pensar el Perú en perspectiva postmoderna" propone, como horizonte utópico de la actualidad, la convivencia digna, enriquecedora y gozosa de las diversidades que enriquecen a la sociedad peruana. Contacto: jilopezsoria@gmail.com

10 sept. 2017

Las moradas peruanas del arte "moderno"


José Ignacio López Soria

Publicado en: Hueso húmero (67), p. 151-157, ju. 2017.

Me tocó hace unos meses, con Augusto Del Valle y Felipe Aburto, presentar De ultramodernidades y sus contemporáneos (México/Lima: FCE, 1917), el último libro de Luis Rebaza Soraluz, un intelectual peruano que recorre frecuentemente los escenarios artísticos europeos aprovechando su afincamiento académico en el King’s College de la Universidad de Londres, en donde ejerce la docencia sobre cultura, artes visuales y literatura latinoamericanas.

No es, por cierto, esta la primera vez que Rebaza nos enriquece con sus aproximaciones transdisciplinarias al mundo de las artes y la literatura. Lo hizo ya en el 2000 con un estudio sobre la poética y la identidad nacional en Arguedas, Westphalen, Sologuren, Eielson, Salazar Bondy, Szyszlo y Varela; en 2004, con la edición de la antología de Eielson Arte Poética, que trabajó con Ricardo Silva Santisteban; y en 2010, con una selección de textos de Eielson sobre arte, estética y cultura de 1946-2005, que fue luego, en 2013, ampliada con nuevos textos, incluyendo en ambos casos muestras de la recepción crítica de nuestro polifacético autor. Rebaza, además, interviene como curador de exposiciones artísticas. La que presentó, con Armando Williams, en la Universidad Católica con motivo del centenario del nacimiento de Westphalen tuvo por título “En el dominio del arte hay muchas moradas”, expresión que alude evidentemente al homenajeado, pero que trasluce también los andares del propio Rebaza, quien frecuenta desde hace lustros varias de esas moradas, tratando de avanzar en el (re)tejimiento (con disculpas por el neologismo) de la red que las enlazaba.

El último libro de Rebaza es un nuevo aporte en esta misma línea. Se trata de un texto de lectura no fácil porque estudia diversas formas de expresión artística (poesía, pintura, arquitectura, urbanismo, artes visuales y performances), tiene una muy abundante información, cubre una época relativamente larga (desde la década de 1920 hasta la primera década del siglo XXI), se refiere a un elevado número de autores peruanos y extranjeros, y entrecruza historias culturales diversas (peruana, europea y norteamericana). A esto hay que añadir que para Rebaza el universo estudiado no es un objeto concluido y abordable con el andamiaje tradicional de las disciplinas pertinentes (literatura, pintura, escultura, arquitectura, etc.), sino una realidad reticular incompleta a la que el autor se acerca no tanto para “representarla” cuanto para “presentarla” (traerla a la presencia) -a lo Heidegger- desde una perspectiva transdisciplinaria y performativa, es decir, partiendo de la cosa misma (si ello es posible) y no de las disciplinas, con el propósito de seguir hilvanando el tejido de la red del mundo estudiado. Aludo a Heidegger, aunque el autor no lo haga, porque, como es sabido, fue este filósofo alemán quien puso en agenda el tema de la palabra como casa del ser y morada en la que habita el hombre, casi como cobijo, ante las inclemencias de una modernidad en la que se adivinaban ya signos crepusculares. Así entendida, la palabra es presentación y no representación (como en Descartes) de la cosa. Recuérdese que Nietzsche había sentenciado ya que no existen hechos sino palabras, que el mundo verdadero se nos había vuelto fábula, y Wittgenstein había anotado que nuestro mundo no va más allá de nuestra propia lengua. Dada la importancia atribuida por entonces al lenguaje, ya no solo escrito u oral sino gestual y hasta como performance e instalación, no es raro que el arte se interese en “presentar” la realidad misma, sin la mediación de disciplina alguna y hasta explorando -como anota Rebaza- dimensiones conceptualmente no decibles.

La información, las reflexiones y el referido trabajo de (re)tejer la red está centrado especialmente en Abril, Westphalen, Eielson, Arguedas, Szyszlo, Varela, Sologuren y Sebastián Salazar Bondy, con un cierto predominio de Eielson. Pero el autor se ocupa también de los arquitectos Velarde, Harth-Terré, Miró Quesada y Belaúnde, y se refiere igualmente al papel desempeñado por Mariátegui, Vallejo, Eguren, Adán, Oquendo de Amat y pocos más en el primer tejido de la red. Los autores más trabajados tienen en común varios aspectos significativos: son mayoritariamente sanmarquinos, urbanos y, concretamente, limeños de nacimiento o de adopción; se adhieren a la democracia representativa; son viajeros no solo físicamente, que lo son varios, sino culturalmente, es decir, buscadores de medios expresivos más allá de los espacios tradicionales; son profesionales del arte y colaboran en El Comercio y La Prensa y escriben artículos en revistas como El Arquitecto Peruano, Las Moradas, Espacio y Amaru. Añado una última característica que me parece de particular importancia: pertenecen, por lo general, a una clase media urbana y profesionalizada que quiere decir su propia palabra y ya no, como los intelectuales de la década de 1920, prestársela a otros sectores sociales para que pongan en la agenda pública sus demandas. Se trata, entonces, como bien subraya Rebaza, no de autores sueltos ni de un grupo coadunado, sino de una red, que se va tejiendo, de artistas e intelectuales empeñados en desprenderse de las durezas de la cultura heredada para abrirse a mundos nuevos y profundizar en el propio. No es ciertamente casual, y Rebaza lo reitera en su texto, que, al mismo tiempo que buscan novedades más allá de nuestras fronteras culturales, los mencionados autores se acerquen a lo precolombino directamente o a través de los ya entonces serios estudios sobre el hombre, la historia y la cultura de los Andes. Y hay que anotar también que esa búsqueda dúplice -como nos enseñaran tempranamente Vallejo y Mariátegui- obedece realmente a la necesidad de construirse una identidad hecha de modernidad y de andinidad al mismo tiempo, lo que socava los cimientos del homogeneizador mestizaje, de la oposición identitaria ad usum (hispánica/indígena) y del supuesto dilema tradición/modernidad, para embarcarse en una exploración performativa de las identidades que nos sigue acompañando como tarea.

El propósito del libro queda explícito en las “Consideraciones preliminares”. Siguiendo la línea de trabajo iniciada con La construcción de un artista peruano contemporáneo (2000), Rebaza se propone ahora, primero, aclarar qué significan las diversas modernidades y “cómo se articulan entre sí, cuál es su ubicación en la discusión internacional y de qué manera son vistas por sus contemporáneos…” (p. 24), y, segundo, mostrar que “la versión del ultramodernismo que elabora un grupo de intelectuales y artistas peruanos implica tanto una articulación con lo local como la construcción consciente … de un modelo dinámico de apropiación cultural que es aplicable en otras zonas del mundo.” (p. 24) Estos dos objetivos no son abordados secuencial sino simultáneamente a lo largo de los diversos capítulos del libro. Se trata, por tanto, como de dos miradas desde las que se observan los fenómenos abordados en cada uno de los cinco capítulos y subcapítulos. Lo que realmente le interesa al autor está simbolizado en la imagen de la portada y en consideraciones del propio Rebaza. La portada es un montaje de un tejido reticular prehispánico y el índice de Front (un magazine radical en 3 lenguas y 3 secciones editoriales: URSS, Europa y USA). Los hilos de la red trenzan con naturalidad los nombres de los escritores de la afamada revista, como queriendo decir en voz alta que modernidad y andinidad se llevan bien, que nombres como Arguedas, Szyszlo, Salazar y Sologuren se pueden entremezclar con otros como Le Corbusier, Wright, Pound, Klee, Ford, Hardy, Mondrian y MacLeod. Y esto que dice la imagen lo manifiesta explícitamente Rebaza cuando habla, con una expresión recogida de Sologuren, de “feliz promiscuidad” (p. 15) entre tradiciones culturales y períodos históricos diversos, o cuando se refiere a la necesidad de los europeos de la postguerra y de los peruanos de las décadas de 1940 y 1950 de afrontar retos semejantes de autodefinición y “redención antropológica” (p.339), o, cuando reitera, en una entrevista para El Comercio (19.05.2017), que su libro “es una propuesta para entender el Perú no como una historia lineal sino más bien como una red tridimensional hecha de hilos y nudos que se cruzan y encuentran.”  Para (re)tejer esa red se apoya Rebaza en sus propios trabajos sobre los autores estudiados y en aportes de M. Canfiel, A. Castrillón, A. Flores Galindo, M. Lauer, W. Ludeña, M. Martos, E. Núñez, J. I. Padilla, R. M. Pereira, G. Rochabrún, M. Senaldi, R. Silva-Santisteban y otros muchos estudiosos. En la larga lista de la bibliografía trabajada llama la atención la ausencia de figuras como A. Cornejo Polar, J. Cotler, G. Gutiérrez, J. Matos Mar, F. Miró Quesada C., A. Quijano, R. Porras y A. Salazar Bondy. Es como si estos y su trabajo intelectual no tuvieran nada que ver con esa “redención antropológica” que, según Rebaza, tuvo que afrontar el Perú a mediados del siglo XX. Hay que añadir, en beneficio del autor, que es el propio Rebaza quien asevera que su trabajo no tiene la pretensión de haber terminado el tejido de la red ni de que su libro sea leído como una historia del arte y la literatura en el Perú de la época estudiada. Lo que sí pretende el libro es replantear el tema de la construcción de lo nacional. A partir de la consideración de que el Perú de las primeras décadas del siglo XX centró la mirada en la construcción del estado-nación desde una perspectiva que acentuaba la difícil articulación dentro/fuera, propio/extraño o tradición/modernidad, la idea de los “ultramodernos” de Rebaza es superar este dilema haciendo prevalecer, a lo Eielson, el principio “multiculturalidad” (que no debería confundirse con el de “interculturalidad”) que acerca y hasta fusiona espacialidades y temporalidades diversas, percibidas antes como incasables. Tema este, digo yo, para un debate mucho más largo y en el que el recurso a autores no trabajados por Rebaza me parece imprescindible. 

Ateniéndose al Marshall Berman de Todo lo sólido se desvanece en el aire. La experiencia de la modernidad y recogiendo expresiones de los autores estudiados, Rebaza, por un lado, elabora categorías de análisis que traduce a conceptos como modernidad, modernismo, ultramodernidad y contemporaneidad, y, por otro, ofrece una periodización que organiza la historia de la modernidad distinguiendo tres fases: siglos XVI-XVIII, siglos XVIII-XIX y la sociedad de masas del siglo XX. Dentro de esta última distingue “oleadas” para referirse a la manera de darse de la modernidad (más preciso sería decir del “modernismo”) de la década de 1920 en delante. De la mano de Berman, Rebaza entiende por “modernidad” el proceso histórico de la época mencionada; por “modernización”, las fuerzas que hacen posible esa experiencia; y por “modernismo”, su expresión cultural. Con “ultramodernidad”, un término recogido de Eielson, el autor quiere referirse a esa “superaguda modernidad” (p. 23) de la década de 1940 que trata de diferenciarse de las oleadas de la modernidad precedentes, dejando abierta -añado yo- la definición precisa de sí misma. Esta manera imprecisa de autodefinirse hace que la “ultramodernidad” se entienda a sí misma como apertura, una especie de “Lichtung”, a lo Heidegger, de claro en el bosque, de campo abierto en el que caben múltiples moradas para el arte, pudiendo incluso llegarse a la afirmación -en este caso, recordando a Nietzsche- de que no hay objetos sino figuras artísticas, y, por tanto, el mundo se vuelve arte, lo que convierte al autor en prescindible, al menos a la idea romántica de personalidad artista.

A partir de esta aproximación a la estética, Rebaza considera que en el Perú ha habido tres de esas oleadas de modernización cultural: la primera es la de los modernistas de los años anteriores a 1930, quienes buscaron lo atemporal (léase, lo universal) en lo primitivo; la segunda, la de los modernos de la década de 1930, que exploraron el inconsciente colectivo en busca de lo atemporal; y la tercera, la de los autollamados contemporáneos o ultramodernos (Eielson es el paradigma) de después de la guerra mundial, que se alejó de la realidad física (una realidad enlodada por la barbarie totalitaria y belicista) para buscar lo atemporal. Esta última oleada retoma el tema de la nacionalización, pero entendida como componente intrínseco de la dinámica modernizadora, y cree en la posibilidad de expresarse en lenguajes universales (europeas) sin dejar de hablar en peruano. No se trata, por tanto, de modernizar la periferia a la vieja usanza de la ideología del progreso, es decir, siguiendo, algunos pasos más atrás, la huella dejada en el camino por la vieja Europa. Lo que se quiere es una modernidad que tolere ser hablada en muchas lenguas, que, como el arte, habite diversas moradas y ya no solo formales y lingüísticas sino hasta históricas. Esta apuesta por una modernidad polifónica, multilingüe y capaz de encontrarse a sí misma tanto en la contemporaneidad como en etapas históricas dadas por pasadas, sí constituye una ruptura de hondo calado con respecto al dilema tradicional de la prédica modernizadora: o tradición o modernidad, o indígena o hispánico, o esa amalgama aforme bautizada como mestizaje. 

Después de esta aproximación a los recursos conceptuales y a las pincelas históricas del texto que comentamos, queda claro que el autor se sitúa en un campo relativamente reducido del amplísimo debate histórico-conceptual que sobre la modernidad desató Nietzsche ya en el siglo XIX, enriquecieron Weber y Heidegger en las primeras décadas del XX y -saltando referencias- llegó a las últimas décadas del siglo pasado con resonancias postmodernas y deconstructivistas, e incluso sigue presente en nuestro siglo con los aportes de Bauman y su “modernidad líquida”, para referirme solo a una tendencia. Lo que quiero decir es que un tratamiento de la modernidad cultural en el Perú no debería dialogar solo con las propuestas al respecto planteadas en Estados Unidos, Inglaterra y Francia. El universo, a este respecto, es mucho más rico. Me pregunto, para hacer caer en la cuenta de algunos vacíos, si es posible hablar de modernismo sin referirse a los debates iniciales centroeuropeos (Bloch, Lukács, Brecht…), ni a la rica “querella” modernidad / postmodernidad, ni a los atinados análisis de E. W. Said, ni a las propuestas que nos vienen de los teóricos de la subalternidad, etc. Llama la atención -y ello muestra que el tejido de la red tiene demasiados agujeros- que no se dialogue con nuestra propia producción (por ejemplo, La polémica del vanguardismo: 1916-1928 de M. Lauer), que el modernismo sea un asunto casi exclusivamente limeño, que no se discutan las propuestas de los teóricos de la liberación y, particularmente, de la colonialidad del saber y del poder de Quijano. Puede argüirse que el libro está centrado en el modernismo y no en la modernidad ni en la modernización, pero este argumento lo único que haría sería poner de manifiesto la inconveniencia de partir fundamentalmente de una sola perspectiva teórica e histórica, la de M. Berman.


Las atingencias mencionadas no le restan méritos al proyecto de Rebaza ni al último de sus avances, el libro De ultramodernidades y sus contemporáneos. Rebaza trabaja una época particularmente rica, que está siendo “narrada” (G. Guzmán, J. C. Agüero, R. Cisneros, J. C. Yrigoyen, R. Tola…), pero, hasta ahora, insuficientemente estudiada. El texto de Rebaza es, a mi entender, valioso, al menos, por tres razones: la abundancia y especialmente la calidad de la información que aporta, la innovadora metodología (reticular) de aproximación a una realidad compleja sin la pretensión de desmadejarla ni de entregárnosla en hilachas sueltas, y una perspectiva de análisis que pone nuevamente en agenda el transitado tema de lo nacional, pero, esta vez, para ser pensado polifónicamente (reticularmente, diría el autor), casi como un inacabado (e inacabable) juego de lenguajes, espacios y temporalidades, en el que lo moderno se tutea con lo antiguo y lo propio no se avergüenza de habitar moradas de más allá de sus estrechas y ya obsoletas fronteras.

28 ago. 2017

Educación y patrón de sociedad


Carta de José Ignacio López Soria

A juzgar por los últimos acontecimiento pareciera que el problema educativo se centra en si va o no el inciso c del artículo 53 de la Ley de Reforma Magisterial: no aprobar por tercera vez la evaluación de desempeño es causa de retiro de la carrera.
El mencionado inciso se puede dejar como está o se puede morigerar e incluso eliminar, pero la educación seguirá siendo la cenicienta en los presupuestos y la última de las preocupaciones políticas mientras sigamos con un “patrón de sociedad” que no necesita educación de calidad. Que no busca calidad efectiva, sino solo cacareada.
Lo cierto es que el “patrón de sociedad” que mantenemos en “piloto automático” no insume educación de calidad ni en el mundo de la política ni en el de la economía. Lo que sí hace ese patrón es afincar una contradicción entre los ámbitos político y económico, de un lado, y el educativo, del otro.
De los primeros diríase que “todo está permitido”, por eso imperan alli la improvisación, el privilegio, el rentismo, el privatismo, la inequidad, cuando no la corrupción; mientras que en el mundo de la educación se están introduciendo, con variable éxito, las prácticas de la meritocracia y la innovación.
Es decir, estamos tratando de que la educación se “ponga al día”, y ello es fundamental, pero, al mismo tiempo, permitimos que la política y la economía sigan en prácticas primitivas, como el clientelismo político y la centración económica en la exportación primaria.
Mientras exigimos, y con razón, que la educación juegue en primera división, nos aferramos a un patrón social (político y económico) de tercera división. Con una educación realmente de calidad y asentada en principios éticos tendríamos al final un mundo adulto sobrecalificado para una realidad política y económica tan chata como la nuestra.
Naturalmente no pretendo que la nivelación sea por abajo. No es que haya que arriar las banderas del mejoramiento educativo para acomodar la educación a la chatura de la política y la economía. [Pero lo que sí hay que hacer, precisamente para que los esfuerzos por la pertinencia y calidad de la educación tengan sentido y sean sostenibles, es olvidarnos del “piloto automático” y tomarnos en serio la ineludible necesidad de diseñar y llevar a la práctica un patrón social (político y económico) que realmente se alimente de educación de calidad. Se constituiría así una coherencia interna entre educación, política y economía que es la mejor garantía de que las cosas marchen como es debido.]
Otro gallo cantaría, digo yo, si se pensase la solución no solo del petitorio del magisterio en huelga, sino de los problemas que la huelga pone al descubierto, a la luz de una concurrencia mutuamente potenciadora entre educación, política y economía.


N.B.: Entre corchetes [ ] lo no incluido, por razones de espacio, en el texto aparecido en La República, Lima, 28 ago. 2017, p. 4.

18 ago. 2017

The peruvianism of Ádám Anderle


José Ignacio López Soria

Published in: Bulletin. Casa Museo José Carlos Mariátegui. Lima, (95), p. 14-16, May-July 2917.

Studies on Latin America in Hungary have a long history. They were carefully cultivated in the 1960s at the University of Economic Sciences "Karl Marx" in Budapest, at the University of Science "Loránd Eötvös" in Budapest, in the area of ​​language and literature, under the leadership of Professor Matyás Horányi, and at Józef Attila University of Science in Szeged in the area of ​​history, on the initiative and under the guidance of Professor Tibor Wittman. Professor Wittman died soon, but he had enough time to strengthen the Latin American history area, write a synthesis of our history -which I had the pleasure of translating into Spanish -, strengthen the Acta Historica series with Latin American themes, and, specially, to form some notable disciples, among whom stands out Ádám Anderle. Professor Anderle, who left us a few months ago, followed in the footsteps of his teacher, continued with the formation of specialists in American history, expanded the topics of work and research, promoted studies in Castilian linguistics in Szeged, strengthened the studies of our America in Europe forming networks of academic centers, and what is fundamental for us, he was a man in love with Peru and especially the work of José Carlos Mariátegui.

The academic production of Anderle is very broad. Some titles of his first works: The Peruvian agrarian problem in the years of 1920; The fundamental features of Apra's ideology at the time of the party's creation (1928-1932); Communists and Apristas in the thirties in Peru (1930-1935); Political movements in Peru between the two world wars; National consciousness and continentalism in Latin America in the first half of the twentieth century; The beginnings of the Cuban labor movement; The kuraka in colonial society; J.C. Mariátegui and the Peruvian labor movement in the 1920s. This last work was a lecture at the conference that Professor Anderle organized in Szeged in honor of Mariátegui in October 1975, and in which other prominent schplars of Peruvian subjects such as György Kerekes participated, "José Carlos Mariátegui, outstanding thinker of Latin America"; András Gulyás, "The indigenous problem in the literature of the 1920s and Mariátegui's Marxist conception"; and Zoltan Kollár, "Foreign Capital and Underdevelopment in Latin America."

I also remember with affection and gratitude the support that Ádám Anderle gave to my wife, Malena Salas, for the preparation and presentation at the University of Szeged of his work on the commercial relations between Hungary and Latin America from the late nineteenth and early twentieth centuries, to obtain a doctorate in history.

As examples of Professor Anderle's dedication to the study of Peru's history, I will briefly mention two of his works. In "Communists and Apristas in the Thirties in Peru (1930-1935)", published in 1978, Ádám Anderle presents, firstly, the influence of the world crisis on the Peruvian economy and its consequences on living and working conditions of the working class. Unemployment in mining in the central region and in Lima and Callao sharpened the social movement. These areas became the main scene of action of the organized workers. The CGTP (General Confederation of Peruvian Workers), formed shortly before, played a fundamental role in the promotion, organization and articulation of the social movement. Anderle then refers to the strike in Morocha in 1929 and its successful results not only for the benefits obtained but for the impetus she gave to the workers' organization in the central highlands and their relations with Lima groups led by Mariategui. Meanwhile, Leguia's government staggered, the masses and the middle sectors occupied the streets and the traditional ruling class was unable to organize or elaborate a proposal to exit the crisis. In these circumstances, a sector of the Army, with Sánchez Cerro at the head, gives a coup d'État that establishes temporarily a military government. Of this process Anderle emphasizes several aspects that I consider important: the efforts of socialists and Apristas to organize trade unions (CGTP and CTP), the articulations between the proletarian and peasant movements, the coincidences with the student movement, the importance given to the formation of the working classes (Popular Universities and Workers and Peasants Schools), the unfortunate directives emanating from the South American Bureau of the Comintern, the successes of the organizers of APRA abroad. It should also be noted that Professor Anderle, in this study, is one of the first to draw attention to the presence in Peru of fascism as an ideology and as a political organization.

The second paper, published in Hungarian in 1976 and titled "J. C. Mariátegui és a perui munkásmozgalom az 1920-as években "(J. C. Mariátegui and the Peruvian labor movement in the 1920s"), Professor Anderle analyzes the political problems of the time and studies in particular the work of Mariátegui in the formation of class conscience of workers between 1923 and 1926. Before, however, briefly presents the movement of workers and craftsmen and their anarchist and libertarian orientation of the first two decades of the twentieth century, as well as the university reform movement between 1919 and 1923. After that, Anderle highlights the importance of the cycle of lectures on the history of the world crisis and its connection with the emergence of fascism offered by Mariátegui from July 1923 to January 1924. On the other hand, it deals with the publications Claridad, La Protesta and El Obrero Textil. Among the sources on which Anderle's study is based, we can mention the historiographical works of well-known authors such as J. Basadre, P. Klaren, V. Kapsoli, R. Martinez de la Torre and others, as well as magazines, newspapers, pamphlets and leaflets of the time and, of course, the writings of Mariátegui. 

Unfortunately, Ádám left us before we could imagine, but, like his teacher Tibor Wittman, left us his work as an inheritance and had the wisdom to be forming throughout his teaching and research work a handful of young people who do not lack enthusiasm and ability to continue and expand the work of their teachers.

8 ago. 2017

El peruanismo de Ádám Anderle

José Ignacio López Soria

               Publicado en: Boletín. Casa Museo José Carlos Mariátegui. Lima, (95), p. 14-16, mayo-julio 2917.

Los estudios sobre América Latina en Hungría tienen ya una larga historia. Se cultivaron con esmero en la década de 1960 en la Universidad de Ciencias Económicas “Karl Marx” de Budapest, en la Universidad de Ciencias “Loránd Eötvös” de Budapest, en el área de lengua y literatura, bajo el liderazgo del profesor Matyás Horányi, y en Universidad de Ciencias “József Attila” de Szeged en el área de historia, a iniciativa y bajo la conducción del profesor Tibor Wittman. El profesor Wittman murió pronto, pero tuvo el tiempo suficiente para fortalecer el área de historia de América Latina, escribir una síntesis de nuestra historia -que tuve el gusto de traducir al castellano-, fortalecer la serie Acta Historica con temas latinoamericanos, y, sobre todo, formar a algunos discípulos notables, entre los cuales sobresale Ádám Anderle. El profesor Anderle, quien se nos ha ido hace unos meses, siguió los pasos de su maestro, continuó con la formación de especialistas en historia de América, amplió los temas de trabajo y de investigación, promovió los estudios de lingüística castellana en Szeged, fortaleció los estudios sobre nuestra América en Europa formando redes de centros académicos, y, lo que es fundamental para nosotros, era un hombre enamorado del Perú y especialmente de la obra de José Carlos Mariátegui.

La producción académica de Anderle es muy amplia. Algunos títulos de sus primeros trabajos: El problema agrario peruano en los años de 1920; Los rasgos fundamentales de la ideología del Apra en el tiempo de la creación del partido (1928-1932); Comunistas y apristas en los años treinta en el Perú (1930-1935); Movimientos políticos en el Perú entre las dos guerras mundiales; Conciencia nacional y continentalismo en América Latina en la primera mitad del siglo XX; Los comienzos del movimiento obrero cubano; El kuraka en la sociedad colonial; J.C. Mariátegui y el movimiento obrero peruano en los años 1920. Este último trabajo fue una ponencia en la conferencia que el profesor Anderle organizó en Szeged en homenaje a Mariátegui, en octubre de 1975, y en la que participaron otros destacados peruanistas como György Kerekes, “José Carlos Mariátegui, sobresaliente pensador de América Latina”; András Gulyás, “El problema indígena en la literatura de los años 1920 y la concepción marxista de Mariátegui”; y Zoltán Kollár, “El capital extranjero y el subdesarrollo en América Latina”.

Recuerdo, además, con afecto y agradecimiento el apoyo que, como director de tesis, dio Ádám Anderle a mi esposa, Malena Salas, para la elaboración y presentación en la Universidad de Szeged de su trabajo, sobre las relaciones comerciales entre Hungría y América Latina de fines del siglo XIX y comienzos del XX, para la obtención del doctorado en historia.

Como muestras de la dedicación del profesor Anderle al estudio de la historia del Perú me referiré brevemente a dos de sus trabajos. En “Comunistas y apristas en los años treinta en el Perú (1930-1935)”, publicado en 1978, Ádám Anderle presenta, en primer lugar, la influencia de la crisis mundial en la economía peruana y sus consecuencias en las condiciones de vida y de trabajo de la clase obrera. El desempleo en la minería de la región central y en Lima y Callao agudizó el movimiento social. Estas zonas se convirtieron en el principal escenario de actuación de los trabajadores organizados. La CGTP, formada poco ante, desempeñó entonces un papel fundamental en la promoción, organización y articulación del movimiento social. Se refiere después, Anderle, a la huelga en Morocha en 1929 y sus exitosos resultados no solo por los beneficios obtenidos sino por el impulso que ella dio a la organización de los trabajadores en la sierra central y sus relaciones con los grupos de Lima impulsados por Mariátegui. Mientras tanto, el gobierno de Leguía se tambaleaba, las masas y los sectores medios ocupaban las calles y la tradicional clase dominante no lograba organizarse ni elaborar una propuesta de salida de la crisis. En estas circunstancias, un sector del Ejército, con Sánchez Cerro a la cabeza, da un golpe de Estado que instaura transitoriamente un gobierno militar. De este proceso destaca Anderle varios aspectos que me parecen importantes: los esfuerzos de socialistas y apristas por la organización sindical de los trabajadores (CGTP y CTP), las articulaciones entre el movimiento proletario y el campesino, las coincidencias con el movimiento estudiantil, la importancia atribuida a la formación de las clases trabajadores (Universidades Populares y Escuelas Obreras y Campesinas), las desacertadas directivas emanadas del Bureau Sudamericano de la Komintern, los éxitos organizativos de los apristas en el extranjero, etc. Es de notar, además, que el profesor Anderle, en este estudio, es de los primeros en llamar la atención de la presencia en el Perú del fascismo como ideología y como organización política.

El segundo trabajo, publicado en húngaro en 1976 y titulado “J. C. Mariátegui és a perui munkásmozgalom az 1920-as években” (J.C.Mariátegui y el movimiento obrero peruano en los años 1920”, el profesor Anderle analiza los problemas políticos de la época y estudia particularmente el trabajo de Mariátegui en la formación de la conciencia de clase de los trabajadores entre 1923 y 1926. Antes, sin embargo, presenta brevemente el movimiento de obreros y artesanos y su orientación anarquista y libertaria de las dos primeras décadas del siglo XX, así como el movimiento de reforma universitaria entre 1919 y 1923. Resalta luego la importancia del ciclo de conferencias que sobre la historia de la crisis mundial y su enlace con el surgimiento del fascismo ofreciera Mariátegui de julio de 1923 a enero de 1924. Por otra parte, se ocupa de las publicaciones Claridad, La Protesta y El Obrero Textil. Entre las fuentes en las que se basa el estudio de Anderle cabe mencionar los trabajos historiográficos de conocidos autores como J. Basadre, P. Klaren, V. Kapsoli, R. Martínez de la Torre y otros, además de revistas, periódicos, folletos y volantes de la época y, por cierto, los escritos de Mariátegui.

Desgraciadamente Ádám se nos fue antes de lo imaginable, pero, como su maestro Tibor Wittman, nos dejó su obra como herencia y tuvo la sabiduría de ir formando a lo largo de su trabajo docente y de investigación a un puñado de jóvenes a quienes no les falta entusiasmo ni capacidad para continuar y ampliar la labor de sus maestros. 

7 ago. 2017

Para pensar los retos de la universidad

José Ignacio López Soria
            Publicado en: Reflexión. Ciencias, humanidades, artes. Lima, 5(2), p. 48-51, jun. 2017.
En un escrito reciente (López Soria 2016) he sostenido que los estudios de diagnóstico y propuesta sobre la educación superior y, especialmente, sobre las universidades de las últimas décadas en Latinoamérica –y el Perú no es la excepción- se han hecho, por lo general, desde una perspectiva preferentemente funcionalista. Lo que interesa es conocer con la mayor precisión posible si la educación superior es o no funcional al sistema imperante y, así, poder determinar en qué debe cambiar para que lo sea de manera eficiente y eficaz. Sabemos que el sistema dominante es aquel cuya racionalidad depende en lo esencial del mercado ya globalizado o en proceso de globalización, una racionalidad que asigna al Estado las funciones de facilitar las inversiones, cuidar la seguridad y curar las patologías (sociales, ecológicas …) que generan esas inversiones. Se trata, como ha señalado Zygmunt Bauman (2008) en más de un escrito, de un sistema de poderes globales y de gestiones políticas locales. Para que hagamos bien la tarea, se nos ofrecen como modelos a seguir aquellos países que, por su funcionalidad con respecto al sistema, han conseguido progresar dentro de él según mediciones acordes con las variables del patrón vigente del poder. Como sabemos, la educación superior y, particularmente, las universidades no escapan a esta dinámica. También ellas son medidas con la vara de la funcionalidad en rankings internacionales en los que las instituciones se esfuerzan por mejorar su performance.

Ante este panorama general, que nos ha puesto a todos en el camino de la competencia, de la lucha con el otro para escalar antes que él, conviene tener muy presente que la universidad tiene dos dimensiones con respecto a la vida social: la dimensión instituida y la dimensión instituyente de lo social.

Por su dimensión instituida, a la universidad se le atribuyen funciones –formar profesionales con competencias específicas, desarrollar investigaciones, transferir conocimientos, etc.- que responden a las necesidades y expectativas de los individuos y de la sociedad en el marco de lo establecido. Si cumple adecuadamente estas funciones, la universidad contribuye al mejoramiento del sistema, lo cual no es poco ni fácil y, además, es deseable. Para que ello ocurra se crean órganos de vigilancia y control de carácter estatal o paraestatal que se encargan de que las instituciones universitarias desempeñen sus funciones con la calidad y pertinencia que les corresponden y no se conviertan en fábricas de producción de profesionales sin calidad ni en empresas orientadas principalmente a la producción de beneficios económicos a sus promotores. En nuestro caso, de todo esto debe encargarse la Superintendencia Nacional de Educación Superior Universitaria (Sunedu), cuya composición y cuyas funciones son objeto de una controversia promovida principalmente por los promotores de universidades y agrupaciones políticas que se resisten al control de la calidad y que no toleran que sus beneficios económicos sean transparentes. El recurso a la “autonomía universitaria”, por parte de estos sectores, no es sino una argucia para que prosperen sus intereses. Sea pública o privada, por su dimensión instituida la universidad es un servicio público y, por tanto, la sociedad y los usuarios tienen el derecho de asegurarse de la calidad y pertinencia de los servicios que ofrece.

Por su dimensión instituyente, la universidad, como en general la educación superior, puede contribuir a la transformación de la sociedad, es decir, a la gestación de la sociedad en una dirección que no necesariamente coincide con la estructura vigente. Se acentúa esta dimensión en momentos de reformas profundas, cuando, por ejemplo, la universidad contribuye a debilitar los antiguos “marcadores de certezas” e “imaginarios sociales” y los sustituye por otros, cuando aporta –con las herramientas propias de la educación superior- a la transformación de las relaciones de producción, cuando empeña sus capacidades en que en una sociedad de exportación primaria se vaya generando un sector industrial interno, etc. En nuestro caso, por ejemplo, es indudable que el movimiento de reforma universitaria de 1918 en adelante, que abrió las aulas a las nuevas capas medias urbanas e hizo que la universidad se ocupase de problemas nacionales antes ausentes de ella, contribuyó muy significativamente al desmoronamiento de la República Aristocrática y del modelo de sociedad que ella mantenía. En la actualidad, por su dimensión instituyente de sociedad, la universidad debería tomarse en serio el principio diversidad para reconciliarse con la riqueza cultural, étnica, lingüística, biológica, territorial, etc. que nos caracteriza, sin descuidar, por cierto, los retos que nos vienen del pasado (equidad, justicia, redistribución, etc.) y los que nos plantea la condición contemporánea (sociedad del conocimiento, educación a lo largo de la vida, generalización de la educación superior, sostenibilidad planetaria, etc.).

Es importante considerar que estas dos dimensiones no tienen por qué ser contradictorias. Deberían ser complementarias, pero con una complementariedad agónica, lo que quiere decir que deben mirarse la una a la otra como adversaria con la que hay que convivir peleando y no como enemiga a la que hay que eliminar. Cuando se consigue que estas dos dimensiones convivan conflictivamente (con una conflictividad agónica y no antagónica), la dimensión instituida no lleva a una funcionalismo servil, ni la dimensión instituyente termina en un utopismo inmovilizador. La universidad como creadora y transmisora de conocimientos y como formadora de profesionales con las competencias necesarias para que funcione y mejore el sistema sigue siendo una necesidad ineludible, pero sigue también siendo un clamor igualmente ineludible que la universidad contribuya, con los medios que le son propios, a la construcción de una sociedad justa, equitativa y reconocedora de la diversidad poblacional, biológica y territorial que la constituye.

Termino con un par de anotaciones que, por cierto, exigirían un mayor desarrollo: el primero, sobre la educación a lo largo de la vida, y el segundo, sobre la modernidad líquida.

Los organismos internacionales vienen insistiendo, desde hace varios lustros, en lo que llaman la educación a lo largo de la vida. Convertida ya en un derecho, la educación debe entenderse como un proceso articulado que, en realidad, nunca termina. No se trata, por tanto, de compartimentos estancos que no se hablan entre sí, sino de etapas de cuya articulación depende en gran medida el fruto individual y social que se obtiene. De nuestra educación universitaria podemos decir que ha vivido de espaldas no solo a la educación básica sino a los otros niveles y modalidades de la educación superior, y, además, solo en los últimos años se viene ocupando del perfeccionamiento de los ya licenciados y graduados. La articulación con la educación en general y, particularmente, con las demás modalidades de educación superior y la atención a los ya egresados –vía postgrados, cursos de perfeccionamiento, formación de reconversión de competencias, etc.- son tareas que la universidad de hoy no debería descuidar.

Finalmente, si la universidad, al transformarse de medieval en moderna, desempeñó un papel fundamental en el diseño y construcción del proyecto de la modernidad, no es menor la responsabilidad que hoy le incumbe. En la actualidad, los “marcadores de certeza” de que nos proveyó la modernidad se nos están debilitando, los discursos metanarrativos legitimadores del proyecto moderno pierden su contundencia, los poderes fácticos se globalizan mientras la gestión política sigue estando territorializada, la normatividad supuestamente racional que caracterizó a la modernidad se está perdiendo en un mundo desregulado y con la menor presencia posible del Estado como ente regulador, la sociedad “panóptico” que pretendió construir la modernidad,haciendo que todos fuésemos visibles para el poder, se está convirtiendo en la actual sociedad “sinóptico” –en la que todos  vemos las mismas marionetas que el poder nos pone ante los ojos-, es decir, en palabras del recientemente fallecido antropólogo y filósofo Zygmunt Bauman (2003), estamos pasando de una modernidad sólida a una “modernidad líquida”, fluida, sin formas estables y sin entidades legitimadas para emitir normas. Cabe, por tanto, preguntarse si cuando pensamos la universidad y le atribuimos dimensiones lo hacemos desde la perspectiva de la modernidad sólida o de la modernidad líquida. Yo diría que esta problemática o está ausente o solo débilmente presente en el mundo universitario, a pesar de las enormes consecuencias que el fortalecimiento –si ocurre- de la tendencia hacia la “modernidad líquida” traerá para las universidades en términos de competencias para el empleo, disminución inconmensurable de puestos de trabajo, movilidad territorial, transdisciplinariedad (y no solo multidisciplinariedad), globalización de los procesos formativos y de investigación, virtualización de la enseñanza, etc.  Bien harían las universidades en pensar este proceso y en identificar los retos que él plantea al quehacer universitario.

Bibliografía
Bauman, Zygmunt (2003). Modernidad líquida. México: FCE.
Bauman, Zygmunt (2008). Globalización, consecuencias humanas. Buenos Aires: FCE.

López Soria, José Ignacio (2016). En: Martín Bris, Mario (coord.). Internacionalización de la educación superior en Iberoamérica: miradas y perspectivas (p. 19-20). Alcalá de Henares: Universidad de Alcalá.

1 may. 2017

Aproximarse al pasado. Notas sobre Orgullosamente solos

José Ignacio López Soria

Publicado en: Libros & Artes. Revista de cultura de la Biblioteca Nacional del Perú. Lima, 15 (84-85, marzo 2017, p. 1011.  

Hace algunos años, no muchos, Rolando Ames, por entonces responsable de los estudios de ciencias políticas de la Universidad Católica, me invitó a dar una charla a sus alumnos sobre el fascismo en el Perú. Al terminar se me acercó un joven y, asombrado, me dijo: “acabo de descubrir que mi abuelo era fascista”. Ese joven no era José Carlos Irigoyen ni, que yo sepa, se animó nunca a escribir sobre el acercamiento de su abuelo al fascismo. Es cierto, sin embargo, que Carlos Miró Quesada Laos, el abuelo de Irigoyen, no era un fascista más. En mi libro sobre el fascismo, El pensamiento fascista (1930-1945) (Lima: Mosca Azul, 1981),  afirmo –y la idea la recoge Irigoyen- que de todos los propagandistas y apologetas del fascismo el más constante y fervoroso fue, sin duda, Carlos Miró Quesada.  

Para hablar de Orgullosamente solos (Lima: Literatura Randon House, 2016), de José Carlos Irigoyen, comienzo por la contratapa. En ella se dice que la obra es una “novela de no ficción” que tiene como eje narrativo la biografía de Carlos Miró Quesada Laos y como preocupación permanente la búsqueda de un pasado con el que el autor –nieto del biografiado- no quiere identificarse, pero tampoco desconocerlo. Me pregunto si Irigoyen consigue resolver con calidad narrativa, destreza compositiva, validez histórica o belleza expresiva las tensiones fundamentales que habitan el texto: la que hay entre literatura e historia y la que se manifiesta como identificación o desprendimiento con respecto a su propio pasado.

José Carlos Irigoyen Miró Quesada cuenta, a los 40 años, con una obra relativamente amplia: varios libros de poesía, documentales y novelas, además de columnas periodísticas. En esta nota me limitaré a comentar Orgullosamente solos, sin aludir, por tanto, a la producción anterior.  

El libro al que nos referimos ha sido publicado hace pocos meses. El título, como el propio autor hace conocer, remite a la expresión “orgullosamente solos” que el dictador portugués Oliveira Salazar –vecino preferido y contemporáneo de Franco, el dictador español- convirtió en lema político. La frase manifiesta el terco empeño de Salazar por continuar con el colonialismo en una época –los lustros posteriores a la 2ª Guerra Mundial- en la que las otras potencias colonialistas comenzaban a ceder, debido, por un lado, al coraje liberador de los antiguos colonizados y, por otro,  a las inocultables intenciones de repartirse el mundo, aunque fuese a dentelladas,  por parte de las dos potencias de la Guerra Fría, Rusia y Estados Unidos. Viví la España de Franco envuelto por expresiones que, como la de Salazar, sacralizaban el aislacionismo y que, sin decirlo, trataban de recortar la amplitud de la mirada, de obnubilar las conciencias, de legitimar la más cruda represión contra toda forma de rebeldía y, en fin, de embellecer el atraso no solo económico sino político y cultural. 

El título –tan significativo para quienes hemos vivido los fascismos desde dentro y nos tomamos, ética y políticamente, en serio la actual apertura a la otredad- se condice con la  portada (el abuelo vestido con el uniforme diplomático), una imagen difícilmente legible para quien no conoce los usos y costumbres de la vieja diplomacia. Por otra parte, el elegir como puerta de entrada la figura mayestática del diplomático uniformado parece sugerir que esa faceta del biografiado es la que más le interesa al autor, aunque luego él mismo revela actitudes y comportamientos del abuelo que están muy lejos de la mesura atribuida a la diplomacia. Sobre la portada quiero anotar, además, que la preferencia por el rojo y el negro no deja de ser significativa en un libro que toca en repetidas ocasiones la oposición entre comunistas (rojo) y fascistas (negro). Sobre el fondo rojo asoma, enmarcado por el negro de la vestimenta diplomática, un rostro adusto, de mirada firme y severa,  que sugiere un carácter de extremos en el que no es extraño que convivan formalismos rígidos con sordideces inenarrables.

Después de esta entrada a Orgullosamente solos vayamos a la forma y al contenido del libro, tratando de responder a la pregunta compleja planteada arriba.

Del contenido dije ya que la obra narra la biografía de Carlos Miró Quesada Laos, un miembro de la familia dueña de El Comercio, quien, en su labor periodística, asume como seudónimo “Garrotín”. Además de periodista, en El Comercio y otros medios, Miró Quesada Laos consigue colocarse como diplomático en varias delegaciones de América y Europa, escribe más de una decena de libros, ensaya, sin éxito, en varias oportunidades ingresar a la plana mayor de la política nacional y sobresale principalmente por sus cercanas relaciones con el fascismo, el nazismo y otros totalitarismos europeos,  de los que, como señalo arriba, se convierte –especialmente en el caso del fascismo italiano- en el principal propagandista en el Perú.

No creo que el autor haya pretendido escribir una biografía de su abuelo atenida a las exigencias y características del trabajo historiográfico. Aunque recoge y teje datos para reconstruir la vida de su personaje,  sus fuentes de información o están teñidas de parcialidad por razones familiares o son calificadas de “incriminatorias” simplemente porque muestran que Carlos Miró Quesada fue efectivamente un fascista convicto y confeso. Además, el libro carece del aparato crítico que acompaña a todo trabajo con pretensión de validez científica. Por otra parte, en una biografía bien elaborada la presencia del contexto histórico -y no solo familiar- es fundamental porque solo en él es posible trazar e interpretar las características, actitudes y posiciones éticas y políticas del personaje. El contexto es, en terminología gadameriana, el horizonte de significación en el que el texto se nos vuelve legible. Pero, aquí, en Orgullosamente solos, el contexto –sea el peruano o el europeo- está como absorbido por el texto. Hay, es cierto, alusiones a fenómenos y acontecimientos históricos, pero muy pobremente presentados y, en cualquier caso, leídos con parcialidad en beneficio del biografiado. El libro abunda en información no verificada pero, en gran medida, verificable, lo que, sin embargo, no lo convierte en un texto de historia porque no da la talla en la información sobre fuentes y por la pobreza y parcialidad en la presentación e interpretación del contexto. Se echa de menos la referencia a textos básicos como el de Willy Pinto Gamboa, Sobre fascismo y literatura (Lima: Eunafev, 1978) y, especialmente, el de Tirso Molinari Morales, El fascismo en el Perú. La Unión revolucionaria 1931-1936 (Lima: UNMSM, 2006). Se le cuelan, además, algunos errores históricos o tipográficos como afirmar que Leguía gobernaba en 1918 o referirse en 1945 al candidato Jorge Luis Bustamante y Rivero. 

A raíz, sin embargo, del libro de Irigoyen y conociendo, aunque sea solo parcialmente, la producción y la obra de Carlos Miró Quesada Laos, pienso que una buena biografía de este personaje -o del abuelo del joven al que aludí al comienzo- podría contribuir muy eficazmente a conocer mejor una época de nuestra historia (1930-1968) que no hemos estudiado suficientemente. El escrito de Irigoyen es, cuando menos, una invitación –y ello no es poco- a fijar la mirada en esa etapa del pasado de nuestro propio presente.  

¿Estamos entonces ante un libro de literatura, ante una “conmovedora novela de no ficción” como dice la contratapa?

Para mí, la literatura, especialmente la lírica y la narrativa, es ante todo una fiesta del lenguaje.  Después vendrán, si se trata de una novela, la calidad narrativa, la destreza compositiva, etc. Pero lo fundamental es que,  potenciado por la presencia de los otros componentes, el lenguaje sea él mismo convocador y partero de la belleza. Y la verdad es que en Orgullosamente solos encontramos un lenguaje pobre, descriptivo, sin diálogos, sin gracia y, a veces, hasta gramaticalmente incorrecto. La composición es esencialmente lineal, aunque a veces esa linealidad es interrumpida por rememoraciones recogidas en el ámbito familiar. De todo ello resultada una calidad de la narración que yo calificaría, en el mejor caso, de “cumplidora”. El autor consigue dar cuenta de momentos y aspectos importantes de la biografía del abuelo y, lateralmente y con las deficiencias indicadas, de facetas significativas de nuestra historia, pero no consigue conmover ni producir goce estético.

Queda la otra parte de la pregunta inicial: si el libro es, a lo Freud, una especie de “búsqueda del padre”, en este caso, del abuelo. Las honduras en este tema les corresponden a Max Hernández y sus colegas; yo me atrevo solamente a dejar sueltas algunas anotaciones.

La obra de Irigoyen se incorpora a una tradición escritural de búsqueda de ancestros que nos viene, al menos, de Garcilaso y que se manifestó ayer, en tono menor, en La distancia que nos separa de Renato Cisneros. Esa búsqueda no es nunca aséptica. No puede –y tal vez no deba- evitar ser axiológicamente vinculada, aunque ello no implica que tenga que ser vinculante. La tradición que el escritor trata de (re)construir le es emotivamente tan cercana que  no puede evitar (re)construirla sin asumirla como pasado de su propio presente y, por tanto, sin compartir afectivamente los amores y los odios del biografiado. De esta afinidad emotiva hay en Orgullosamente solos mil muestras: desde la “comprensible” fobia a Haya y su partido (comprometidos en el asesinato de los bisabuelos del autor) hasta el inaceptable menosprecio por el negro y la extraña simpatía por los totalitarismos. Pero esa tradición, a la que sin duda el autor está vinculado, no es vinculante para él, es decir, no es percibida como una norma ante la que no quepa un posicionamiento electivo. De hecho, es el autor el que elige esa tradición al decidir (re)construirla y no dejarla abandonada en el olvido. Ya esta actitud, este doloroso/orgulloso diálogo con la propia procedencia, es de suyo una forma de acercamiento que lleva implícito el alejamiento, una especie de cura precisamente por atreverse a explorar su propia contaminación.


Y en esto está, digo yo, lo más valioso de la obra, aquello que la hace digna de ser leída a pesar de sus deficiencias estilísticas y formales. Porque ese vérselas con el pasado, asumiéndolo como pasado del propio presente, y, por tanto, sabiéndose contaminado por él es precisamente lo que no queremos hacer para así, según creemos, distanciarnos y hasta liberarnos de la “pecaminosidad” que ese pasado conlleva. No lo hemos hecho con respecto al coloniaje, ni al dominio oligárquico, ni a los dictatorialismos, ni a los redentorismos abusivos, ni al violentismo de ayer, etc. No es raro que sigamos atravesados de colonialidad, de señorialismo trasnochado, de uso arbitrario del poder, de mesianismos obsoletos, de violencia a borbotones … En este contexto importa subrayar una cierta inclinación, entre gente que frisa los 40, por visitar el pasado de sus padres y abuelos –sean los de los autores mismos o los de sus colegas de generación- asumiéndolo como una tradición a la que hay que acercarse con devoción pero sin dejarse atrapar por ella. Lo veo con agrado pero sin admiración en La distancia que nos separa, de Cisneros, en Orgullosamente solos, de Irigoyen, y, magistralmente, en una novela en prensa de Raúl Tola, La noche sin ventanas, que he tenido el privilegio de leer y que está centrada en la tortuosa biografía del intelectual y diplomático Francisco García Calderón y de una francoperuana de la resistencia contra la invasión nazi en Francia. En este esfuerzo, entre literario e histórico, por traer el pasado relativamente reciente a la presencia advierto la voluntad de una generación -que llegó a la adultez bajo el bien cultivado desprestigio de las ideologías vinculantes- de apropiarse de una proveniencia compartida para dar una cierta solidez a las vinculaciones sociales en el “mundo líquido” (Z. Bauman) que nos toca vivir a todos.

14 mar. 2017

La condición contemporánea y sus retos para la arquitectura y el urbanismo

José Ignacio López Soria

Conferencia inaugural de la jornada internacional “Retos y tendencias arquitectónicas en el hábitat contemporáneo”, organizada por el decanato de la Facultad de Arquitectura, Urbanismo y Artes de la Universidad Nacional de Ingeniería, Lima, 15 diciembre 2016.

En escritos y conferencias anteriores he propuesto y desarrollado tres ideas que suelo utilizar como punto de partida en mis reflexiones sobre arquitectura: primera, que el hombre no tiene más esencia que su propia existencia; segunda, que existir no es otra cosa que habitar; y, tercera, que la arquitectura es la pastora del habitar. De ahí la importancia que la filosofía atribuye a la arquitectura, porque en el habitar, que la arquitectura organiza, cuida y pastorea, se juega el hombre su propia esencia.

Para este evento se me ha pedido que me refiera principalmente a la condición contemporánea y a los retos (globales, nacionales y urbanos) que ella plantea, para situar la reflexión que harán ustedes después sobre el hábitat contemporáneo (1). Se me sugiere, por tanto, que ofrezca, como diría el filósofo francés Michel Foucault (1984) (2) o el italiano Gianni Vattimo (2004, 19) (3), una especie de “ontología de la actualidad” que enriquezca la descripción sociológica de lo que ocurre con una conceptualización de la manera actual de darse del ser o, dicho de otra manera, que aborde lo que constituye la actualidad como el acontecer contemporáneo –la forma de manifestarse hoy- de un proceso que nos viene de antiguo y en el que advertimos ya rasgos crepusculares pero también asomos aurorales.

Ese proceso general al que aludimos es, como puede fácilmente imaginarse, el de la modernidad occidental, un proyecto que se fue diseñando y construyendo desde el siglo XVI, que en el siglo XVIII cuajó en discursos orientadores y performativos, que en el siglo XIX empeño casi todas sus fuerzas en la construcción de los Estados-nación y que ya en la segunda mitad de ese mismo siglo comenzó a mostrar síntomas de debilitamiento. Esto último se advierte, por ejemplo, en que los filósofos se atrevieron a sospechar de la veracidad de los procedimientos enunciativos considerados como científicos (4); los artistas –agrupándose en “vanguardias” frecuentemente altisonantes-  decidieron explorar dimensiones nuevas de la experiencia humana recurriendo a materiales y modos inusuales de hacer arte; los políticos comenzaron a dejar de lado de condición de representantes que los liga a “lo político”, es decir al hacerse de la sociedad, para dedicarse a la actuación, cual marioneta a veces, en ese escenario público al que llamamos “la política” (5); los emprendedores industriosos  –artífices de las revoluciones industriales y portadores de la “ética del bienestar” (6) - se fueron viendo desplazados por el capitalismo financiero que encumbra la ganancia a la condición de principio orientador del comportamiento (7); los tecnólogos –aprovechando los avances de los ciencias- empezaron a llenarnos el espacio de artefactos reemplazables, haciendo de la reemplazabilidad un signo de progreso y de distinción (8).

En este contexto, del que trazamos solo algunos rasgos, la arquitectura, aproximándose a la biología evolucionista, formula un principio, “form ever follows function, and this is the law” (Sullivan, 1896, p. 408), que se convertirá en piedra angular del proyectismo moderno.

10 feb. 2017

Hablar con el que habla

Presentación del número 2 de Limaq. Lima, 9 / 2 / 2017. Librería El Virrey
José Ignacio López Soria

En el texto de apertura del número 1 de Limaq, revista de arquitectura de la Universidad de Lima, Enrique Bonilla di Tolla, director de la carrera de arquitectura, después de referirse a la procedencia y el significado del nombre de la revista, termina afirmando que, a través de ella, “nos proponemos hablar.” (p.7) En ese primer número, hablaron de “pedagogía y arquitectura”  y en este segundo lo hacen de “conservación del patrimonio”. Pero antes y simultáneamente, a través de la palabra escrita, hablaron de los pueblos de indios de Cusco y Apurímac, con la voz autorizada de Graciela María Viñuales y Ramón Gutiérrez, y dijeron también su palabra sobre la arquitectura y el humanismo de Héctor Velarde y sobre la modernidad y sus rostros en la amplia obra de Walter Weberhofer. Todo ello muestra que el área de arquitectura de la Universidad de Lima, sabiéndose institucionalmente joven, está efectivamente hablando, haciéndose presente en los debates, propuestas y rememoraciones de eso tan complejo a lo que llamamos “habitar” y su dación de forma a través del quehacer arquitectónico y urbanístico.

Nos toca hoy “presentar” el segundo número de Limaq, que como el anterior, está dividido en tres partes, la primera se ocupa del tema eje del número, en este caso de la “conservación del patrimonio”; la segunda, con el  nombre de Scientia et praxis (un título que rememora los tiempos fundacionales de la universidad), recoge aportes de los docentes de la propia universidad sobre temas variados pero, de alguna manera, relacionados con el eje central del número; y la tercera, dossier, muestra resultados del trabajo de investigación de estudiantes y egresados recientes de la carrera de arquitectura.

Voy a dividir mi intervención de esta noche en dos partes: primero haré brevemente lo que solemos entender como “presentación”, para luego dialogar con los mensajes que los textos del número 2 de Limaq nos transmiten.   

3 feb. 2017

¿Trump o Boff?

José Ignacio López Soria

Pobre, simplón, desinformado y hasta conservador, por occidentalizante, el artículo  de Leonardo Boff sobre Trump y sus fechorías (“Trump: ¿una nueva etapa de la historia”. Ver en: (http://www.servicioskoinonia.org/boff/articulo.php?num=815).

Se refiere Boff  a "la erosión de las referencias de valor" y atribuye a este fenómeno la causa principal de la deriva hacia la aventura conservadora y reaccionaria a lo Trump.  Pero Boff no dice que esas "referencias de valor" son las occidentales ni que esa "única humanidad" ha sido pensada y se ha tratado de construir desde categorías occidentales. Es más, confunde las cosas cuando afirma que la actual pelea por ese orden reaccionario es consecuencia de la emergencia de la sociedad líquida y del "todo vale" postmoderno. Sin saberlo probablemente, se pone del lado de Daniel Bell, aquel sociólogo/filósofo americano que pensaba a mediados del siglo pasado que el único remedio para impedir el desmoronamiento de la sociedad burguesa era volver a la vieja ética del protestantismo ascético (que estudiara Weber). Digo más. Las perspectivas postmodernas -que son eso, "perspectivas", y no simplezas como la de "every thing goes" (expresión que no he encontrado en ningún postmoderno serio), se orientan precisamente a explorar dimensiones nuevas de la posibilidad humana, esas que no podían surgir por el carácter precisamente coercitivo de las predicadas "referencias de valor". Gracias a esas búsquedas ha sido posible valorar la diversidad y proponer la interculturalidad como "el principio esperanza" (a lo Bloch) de nuestro tiempo.

Boff tampoco dice que la idea del "destino americano" no es sino la expresión -en clave moderna pero revejida- del misionerismo supuestamente civilizatorio y salvífico del Occidente de siempre, heredero, a su vez, de enraizadas tradiciones judeocristianas.

¿Qué hacer frente al occidentalismo americanizado y reaccionario de Trump? ¿Volver a los "marcadores de certezas" de siempre y hasta rezarle a la divinidad que en Occidente aprovechamos sabiamente para sacralizar todos nuestros  atropellos? ¿Formar una aguerrido y unificado ejército de avezados predicadores de valores universales que, de paso, descalifican al oponente por considerarlo narcisista y psicópata? ¿No sería mejor, digo yo, reconocer que Trump no es sino un fruto desembozado, desenmascarado, sin afeites, de aspectos fundantes de nuestras propias tradiciones, esas que para imponerse y lanzar sus probablemente últimas bocanadas necesitan ahora ya recurrir abiertamente a la violencia? ¿No sería más efectivo, digo yo -sin considerarme un experimentado estratega- optar por una guerra de guerrillas, una guerra de desgaste del enemigo mayor valorizando nuestra diversidad, exigiendo que sea respetada, buscando su articulación con otras, solidarizándonos efectivamente con ellas cuando son atropelladas y, por tanto, obligando a ese poderoso enemigo a cambiar de estrategia a cada rato, teniendo que vérselas con todos pero no juntos sino con cada uno al mismo tiempo?


En cualquier caso, no es, como propone Boff, volviendo a las supuestamente "buenas" andadas como se enfrenta este nuevo embate de la secular agresividad del poder.